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lunes, 4 de junio de 2012

Un 4 por ciento trabaja como asalariado


Un 4 por ciento trabaja como asalariado

 
Por: LESLIE LAFUENTE LÓPEZ llafuente@opinion.bo | 17/06/2012


De todos los menores que han optado por salir a trabajar, pese a su corta edad, apenas un 4 por ciento es salariado. Sin embargo, esto no debe llevar a desconocer que existe alta presencia de trabajo infantil asalariado en el seno de familias que trabajan para terceros, con remuneraciones a destajo. Esta forma de contratación, que promueve el trabajo infantil, es muy visible en actividades agrícolas, manufactureras y mineras, pero no se refleja en las estadísticas con la magnitud que alcanza, revela la investigadora del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (Cedla), Silvia Escóbar.Las remuneraciones que reciben los llamados asalariados son ínfimas, pese a la labor que realizan.

Según Juana, una menor de 14 años que trabaja como trabajadora del hogar en Cochabamba, el sueldo mensual que recibe por limpiar la casa, cocinar, lavar ropa e incluso cuidar a dos pequeños, apenas alcanza a 500 bolivianos mensuales. Asegura que ese monto es insuficiente para apoyar económicamente a su familia.

“A pesar que es poco, por lo menos cuento con ese dinero y tengo un techo donde vivir”, dice la adolescente que desde sus doce años realiza estos trabajos.

Juana es originaria de Tacopaya, pueblo que tuvo que dejar junto a su hermana de 16 años para venir a la ciudad y trabajar.

A diferencia de Juana, Martín trabaja junto a sus hermanos y su madre en la venta de dulces y flores en las calles, así como lo hacen en todo el país al menos el 77 por ciento de los pequeños trabajadores, mientras apenas el 19 por ciento trabaja por cuenta propia.

Según la investigadora Escóbar, además del trabajo en actividades económicas, la mayor parte de los niños y niñas (85 por ciento) asumen responsabilidades en el ámbito del trabajo doméstico, sustituyendo incluso a las que tienen los padres en el cuidado de los menores o la preparación de alimentos, para mencionar las menos propias de su edad.

“La incorporación prematura de los niños y niñas al mundo del trabajo remunerado y doméstico está sometida a intensidades diferentes, es mayor en el campo que en las ciudades, pero siempre interfiere con el ejercicio de sus derechos a la educación, la salud, el descanso, el esparcimiento, entre otros”, explica al agregar que una muestra de esto es que aún cuando la mayor parte de ellos no deja la escuela cuando trabaja, presentan bajos resultados de aprendizaje, menores rendimientos en asignaturas centrales como lenguaje y matemática, altos índices de rezago y deserción escolar.

Asimismo, indica que “con frecuencia se nos pregunta sobre los ingresos que perciben los niños que trabajan y su importancia en el ingreso familiar. Desde una perspectiva de derechos, lo central no es saber cuánto ganan, sino precisamente cuánto pierden por trabajar siendo niños, en términos de su bienestar inmediato y futuro”. Al respecto, son muchas las evidencias que muestran al trabajo infantil como el punto de partida de historias laborales precarias o como un mecanismo de transmisión intergeneracional de la pobreza. “El desafío entonces es luchar contra el trabajo infantil, pero no eliminándolo por decreto, sino a través de la acción, creando desde el Estado y la sociedad las condiciones para incidir en los factores estructurales que lo originan”, apunta.

Para la experta, es preciso que el Estado y la sociedad actúen para trasformar el contexto económico, laboral, social y político que sigue propiciando la distribución desigual de la riqueza y de los ingresos.

Al mismo tiempo, -añade- es urgente actuar para cambiar las condiciones generales del mercado de trabajo para los adultos y sancionar la demanda de trabajo infantil. Pero también, modificar las concepciones culturales que naturalizan el trabajo de los niños y que transmiten la idea de la imposibilidad de su erradicación.

En esta perspectiva, un punto de apoyo importante es la baja tolerancia de la población al trabajo infantil. Una encuesta realizada por el Cedla muestra que el 80 por ciento de la población que vive en las ciudades capitales manifiesta una baja tolerancia al trabajo en edades tempranas. Detrás, pero con un firme rechazo, se encuentra la población que habita en el resto urbano (64 por ciento). Solo la población que vive en el área rural es más tolerante, aunque más de la mitad todavía se pronuncia por su erradicación (56,7 por ciento). “En estos términos, más allá de las percepciones o las posiciones sobre este problema, el imperativo es encontrar los mejores caminos para avanzar en el respeto integral de los derechos humanos de los niños para que disfruten de una vida plena y digna, rompiendo el círculo vicioso que se engendra con el trabajo infantil”, concluye.

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